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HERMANOS DE LAS CRIATURAS


   La Fraternidad, para Francisco, no se agota en las personas. También las cosas han salido de las manos y del corazón de Dios, y por eso mantienen su parentesco con los hombres. El Dios familiar y trinitario es el creador de todas las cosas, espirituales y corporales; especialmente del hombre, hecho a su imagen y semejanza (1 R 23,1).

   Esta certeza fontal de que todas las cosas vienen de Dios y se mantienen en su amor creador que llamamos providencia, es la que llevó a Francisco a experimentar toda la vida creatural como un don. Los que llegan a la Fraternidad para compartir su proyecto son hermanos dados por el Señor (Test 14).

   Todos los cristianos y cuantos habitan el mundo entero son para él hermanos a los que debe servir (2CtaF 1.2). Pero más allá de las personas, todas las restantes criaturas son también un don que las convierte en hermanas (Cánt).

   A Francisco se le conoce por su amor y respeto a la naturaleza, hasta el punto de ser actual como prototipo ecológico. Sin embargo, hay que tener en cuenta que su visión de la naturaleza, como hombre medieval, era muy distinta de la nuestra. Por una parte, el mundo era considerado en el Medievo como un todo cerrado, inmutable, perfectamente ordenado, que tenía al hombre como centro. Mientras que, por otra, por su condición religiosa, se veía en Dios el fundamento de toda la creación.

   Aunque la naturaleza había perdido ya su carácter sagrado, todavía conservaba cierto misterio. La reacción ante esta naturaleza, muchas veces hostil, adoptaba la forma de un desprecio del mundo que podía llevar a excesos incomprensibles para nosotros. Sin llegar a tanto, podríamos decir que la naturaleza, para los medievales, no tenía valor propio sino que lo recibía de su relación con Dios, haciéndose sacramento de valores eternos.

   Es curioso que Francisco sólo hable directamente de la naturaleza en el Cántico, hasta el punto que, de no existir este poema, difícilmente hubiéramos podido adivinar en el Santo a un hombre con sensibilidad fraterna hacia las criaturas.

   Han tenido que ser los biógrafos los que nos desvelaran esta faceta suya, con el agravante de cierta sospecha por cuanto estos biógrafos podían haber utilizado el mito hagiográfico de la vuelta del santo al estado original de armonía con la naturaleza.

  Sin embargo, no cabe pensar en una simple invención -ahí está el Cántico-, aunque sí en una ampliación del tema al entrar Francisco en la espiral progresiva del culto.

  Por debajo de las numerosas descripciones que los biógrafos hacen de las relaciones fraternas de Francisco con la naturaleza, hay un poso de realismo que parece evidenciar la extensión de su amor no sólo a los hombres sino también a los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles (1 Cel 77. 80. 81; 2 Cel 165-171; LM 8,1 - 9,1; LP 86f. 88).

  Gozaba viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento, sentía ternura por los gusanillos, hasta el punto de apartarlos del camino para que no los aplastaran los transeúntes. Hacía que a las abejas les sirvieran miel o buen vino en invierno para que no murieran de frío.

  Estallaba de alegría al contemplar la belleza de las flores, la galanura de sus formas y la fragancia de sus aromas. Y, al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran de razón.

  Y lo mismo hacía con las mieses y las viñas, con las piedras y las selvas, y con todo lo bello de los campos, las aguas de las fuentes, la frondosidad de los huertos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, invitándoles a que permanecieran fieles en su amor al Señor.

  En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios y podía penetrar hasta el corazón de las criaturas (1 Cel 80. 81).

  La relación de hermandad que liga a Francisco con todo lo creado no proviene de su visión poética, ni de lo que hoy llamaríamos sensibilidad ecológica. Si Francisco llama hermanas a las criaturas es porque ha experimentado que el sustrato del que nacen y en el que hunden sus raíces el hombre y las cosas es el mismo; es decir, Dios.

  Su percepción es, por tanto, teológica, puesto que el lazo fraternal que nos une con los restantes seres no es la simple naturaleza biológica, sino el tener un mismo Creador (1 R 23,1).

  La revitalización de la figura de Dios como Creador venía condicionada por el problema cátaro. Ante la afirmación por parte de los herejes de una naturaleza oscura y mala, obra del diablo, la Iglesia había insistido en la bondad de todo por venir del amor creador de Dios.

  Una prueba de ello es que en todos los Concilios, a la hora de proclamar la fe por medio del Credo, se subraya de forma especial la actividad creadora del Dios trinitario. Lo mismo que en las profesiones de fe exigidas a los grupos heréticos para su reinserción en la Iglesia.

 Otro aspecto a tener en cuenta en la visión teológica que Francisco tiene de la creación es la utilización de las criaturas como transparencia de las bondades divinas. En parte tiene su explicación en el ambiente religioso del tiempo.

 El descubrimiento de la ciencia clásica y su aprovechamiento simbólico para expresar las verdades de fe era para los teólogos medievales un método muy usado, que se divulgó por medio de los sermones y sobre todo del arte. De ahí que no sea extraña la lectura que hace Francisco de la creación (EP 113-120).

  La cosmología de Francisco, a diferencia de la que sustenta a la ecología actual centrada en el hombre, es teocéntrica. Todo proviene de Dios y sólo en Él tiene sentido. Si al profundizar en el ser del hombre no encuentra otro modo más cabal de realización que la alabanza divina, las criaturas se convierten, como sacramentos de la misma divinidad, en el instrumento más adecuado para cantar la gloria de Dios.

  Más aún, a ese coro humano son invitadas todas ellas para que alaben a su Creador y cumplan así su razón de ser: hacernos presentes a Dios y recordamos que a Él debe dirigirse nuestra alabanza continua (1 Cel 80).

  En este sentido hay que interpretar la relación de Francisco con la naturaleza. Por considerarlas como criaturas hermanas no dispone de ellas como dueño y señor, sino que convive con ellas aprovechándose de su transparencia para sentirse religado con su Creador, pero respetando siempre su propia autonomía.

  El que Dios haya puesto al hombre en medio de la creación no le da derecho a dominarla de forma despótica; el ocupar ese lugar privilegiado lleva consigo la responsabilidad de humanizar la creación usando, pero no abusando, de las cosas.

  El comportamiento de Francisco con las criaturas no es de una hermandad fanática. Las utiliza cuando es necesario, puesto que están al servicio del hombre, pero sin pretender apropiarse de ellas dominándolas caprichosamente.

  Su postura ante ellas es de respeto, favoreciendo su propia identidad de criaturas hermanas del hombre para que le ayuden a sentirse también criatura creada y amada por Dios.

 

 
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