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VIVIR EN FRATERNIDAD

 

  Aunque Francisco adoptó la estructura fraterna como una exigencia del Evangelio, el entorno sociorreligioso de su tiempo le condicionaba para que apuntara en esa misma dirección y no en otra.

  Indudablemente lo que pretendió Jesús al predicar el Reino era hacer patente la decisión de su Padre de acercarse misericordiosamente hasta los hombres por medio de un amor eficaz que les devolviera su dignidad de hijos y, por tanto, de personas. Es decir, que la llamada de Jesús desde el Evangelio es un anuncio de la igualdad entre los hombres porque el mismo Dios sale garante de ellos y está empeñado en que se realice.

  Pero esta realidad toma formas diversas según el ambiente cultural en que se ponga en práctica. Jesús la realizó rodeándose de un grupo de discípulos, hombres y mujeres, que convivieron con Él hasta el punto de ser testigos de que su defensa de los humillados y su ataque a los opresores, no era una opción suya sino la manifestación de lo que había decidido el mismo Dios.

  Francisco, a la hora de dar forma a su decisión de seguir a Jesús y su Evangelio, contaba con una tradición social y religiosa que le inclinaba hacia la Fraternidad como estructura para vivir y anunciar el Reino. Su participación en el nacimiento de Asís como pueblo libre e igual expresado en el Común, le había familiarizado con un tipo de relaciones horizontales, en contraposición a las feudales que se caracterizaban por su relación jerarquizada y vertical, que expresaban el nuevo modo de entender el poder y la capacidad de todos los ciudadanos de ejercerlo, al menos en teoría, de una forma responsable y solidaria.

  El poder pertenecía al pueblo, y su ejercicio de forma mancomunada respondía al descubrimiento de la propia igualdad y capacidad para ser protagonistas de su propio destino.

  El sofisma de que Dios había organizado la sociedad de una forma jerarquizada y que, por tanto, no podía alterarse su constitución sin ir contra la voluntad divina, se venía abajo al comprobar que lo único que quiere Dios es el bien de todos los hombres, y no el de unos pocos privilegiados a costa de los demás.

  Esta sensación ambiental de libertad responsable frente a la opresión feudal se traduce también en los movimientos religiosos, sobre todo laicos, que aparecen en la cristiandad. Agrupados en torno a algún carismático, mantienen unas relaciones que les permiten vivir su proyecto de una forma corresponsable, donde la autoridad es compartida y controlada por todos como la mejor forma de contribuir al diseño y consolidación del grupo.

  Aunque de forma diversa, todos ellos tienen el sentimiento común de que son una organización de iguales, donde la solidaridad y la corresponsabilidad son las virtudes fundamentales. De ahí su novedad y la desconfianza recelosa con que los miraban los otros grupos tradicionales de la Iglesia, como eran los monjes, e, incluso, la misma jerarquía.

  En éstos, modelados en el feudalismo con su estructura piramidal, las relaciones se reducían a los superiores e inferiores, con excepción de los iguales. En esta situación de responsabilidad vertical resultaba imposible sensibilizarse ante las necesidades de los que estaban en un mismo plano, concretándose la obediencia en la sumisión a la persona del superior en vez de ser al grupo.

Francisco asimiló, pues, aquel modo de relacionarse, y, al tener que optar por el Evangelio, lo cristalizó en forma de Fraternidad: un grupo de iguales en el que la responsabilidad viene condensada en la reciprocidad, y donde el discernimiento colectivo entra a formar parte esencial de la búsqueda de la voluntad de Dios.

 

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